5 de febrero de 2012

De libros y canciones

Cómo se puede olvidar la sensación tan especial que dejó ese libro que nos cambia la vida (o que por lo menos eso creemos), recordar con entusiasmo algún pasaje que nos hizo meditar por días. Cómo olvidar esa canción que nos conmovió hasta los huesos y que, aun después de muchos años sonreímos con solo escuchar unos segundos. Recordarlo todo con ingenuidad o como un suceso trascendental.

Yo recuerdo perfectamente el momento mientras leía por primera vez Crimen y Castigo de Fiodor Dostoievski, como las palabras en voz de Rodion Romanovic Raskolnikov penetraban en mi mente, como todo se me hacia tan cierto e innegable. Desde ese entonces mi simpatía por el antihéroe, el pobre diablo, se hizo una constante. Luego, una presurosa lectura a los aforismos de Nietzsche bastaron para definirme como nihilista (vaya gracia esa); tenía unos 17 años y ya me consideraba un filósofo.
Y la música no se queda rezagada, mi encuentro más memorable sería con el álbum The Dark Side Of The Moon de Pink Floyd, un vinil viejo que se encontraba guardado entre  las cosas de mi papá. Disco que se encargó de abrirme la puerta hacia los submundos de la psicodelia y a la vida más allá de las apariencias. Suena exagerado, pero vaya si he disfrutado ese disco una innumerable cantidad de veces y con tantas personas.


La lectura, la música y los amigos van cambiando, las ideas sobre la vida y todo lo que eso implica, comienzan a homogeneizar o a volverse un caos inútil de explicar, yo abogo por lo segundo.
No necesariamente son libros o canciones los que nos marcan, hoy se lo dedico a ellos, sé que se trata de mucho más. Sin embargo retener en la memoria algunas de esas pautas que desataron la búsqueda de nosotros mismos es algo muy especial que vale la pena mencionar.

...y el arte es una manera de eternizar (de querer eternizar) esos momentos...

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